viernes, 22 de enero de 2010

Mi puerta abierta/Shoah de un tirón

Vino el jueves pasado a Madrid a presentar la retrospectiva de su filmografía, que por primera vez se puede ver íntegra en España, patrocinada por el Círculo de Bellas Artes y Casa Sefarad. Y aunque no haga falta aclarar que Claude Lanzmann (París, 1925) es una leyenda viva, disfrutar un momento en su compañía es como leer en voz alta algunas páginas de la historia del siglo pasado. Sólo por citar dos circunstancias de su biografía, de familia judía, a los 18 años se sumó a las filas de la resistencia francesa durante la invasión alemana. También dirigió la revista Les Temps Modernes -fundada en 1945 por Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir-. Periodista, cineasta, docente universitario, será reconocido por las generaciones venideras por su documental sobre el holocausto, Shoah.














Tiene la mirada de alguien que se aferra a la vida con un entusiasmo radical. En el encuentro con medios de comunicación españoles dijo de su obra cumbre que “es sobre los campos de exterminio, en la que no aparece un solo cadáver. He pretendido diferenciar a los campos de exterminio de los campos de concentración, en los primeros la finalidad era no dejar rastros de la vida humana”. Le costó encontrarle título a su película y se lo puso al final, en el año 85, antes de su estreno: “Trabajé durante 12 años y en el fondo me refería a ella como ‘la cosa’, era lo innombrable. Shoah no tiene traducción y va más allá incluso de la designación que se le da en hebreo a la aniquilación y la destrucción”.

Valió la pena esperar tantos años para verla. Quería hacerlo por primera vez tal y como lo recomendaba su director, Claude Lanzmann, en cine y sin interrupciones: “Es la mejor manera de tomarle el pulso”. La sesión duraría de cuatro de la tarde a tres de la madrugada. Imaginé que me encontraría con lleno total en el Círculo de Bellas Artes pero me topé con una sala casi vacía. Sentí vergüenza ajena. ¿Será realmente Madrid una de las capitales culturales de Europa? ¿Estará construyendo este país su memoria histórica? Su pasado lo pide a gritos pero no había signos de ello en ese cine. El propio Lanzmann vino a presentarla. Dijo que se trataba de una película épica, policial, por momentos un auténtico western: “verla es un arma eficaz para luchar contra los asesinos de la memoria o aquellos que la banalizan o la silencian”.














Hay que verla de un tirón sin duda. No sólo porque te apasione el cine y detestes el uso del tema como baratija de Hollywood, te guste el arte apostillado a la catarsis o te resistas a eso que vas a apreciar en la pantalla y que por momentos no vas a soportar. Lo atroz no puede contarse de ninguna manera. La vida no es bella en un campo de exterminio. Las más de nueve horas de duración, con apenas tres interrupciones de 15 minutos bastan para cerciorarse de que es imposible digerir el holocausto. Shoah lo demuestra. ¿A ese ‘pulso’ se referirá Lanzmann? No hay vida posible, no hay poesía posible, siempre serán otra vida, otra poesía después del holocausto. Pienso, mientras paso las horas envuelta en instantes de estupor y desasosiego, ¿cómo nos enfrentamos a los riesgos latentes de nuevos holocaustos? Los nazis inventaron la solución final y cualquier acercamiento que tengamos a ese término sin haber visto Shoah resultará incompleto. No extraña la cantidad de premios cosechados a 25 años de su estreno, el cuidado despojo de artilugios, sin banda de sonido, sin voz en off, con paisajes apacibles de fondo, donde antiguamente funcionaban algunos de los campos de exterminio. La fuerza de esa entrevista coral se centra en dejar un testimonio totalizador y fragmentado, claro e inabarcable, en un tiempo sostenido en el vacío y que invade al espectador con su marabunta de emociones transmitidas por los entrevistados, judíos, verdugos alemanes y testigos polacos.

Conmueve acercarse a lo incomprensible, lo inasible del horror a través del hecho estético.

En la dimensión humana, de Shoah aprendes sobre la importancia del testigo. Sin testigos no hay construcción de la memoria histórica. No hay denuncia. No hay justicia ni acercamiento a la verdad. Lanzmann lo remarca cuando sus entrevistados no pueden continuar con el relato y los paraliza el silencio, el llanto, el regreso al trauma de lo atroz. Continuar la narración para dejar un registro de aquello que no queremos que se repita, resulta un acto imprescindible en el documental y en la mente del espectador.

El olvido no existe según Borges. Lanzmann y su Shoah nos dicen que no puede existir el olvido de lo atroz.

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